
Más de media hora llevaba sin poder conciliar el sueño. Al parecer, me había convertido en el blanco de un insoportable mosquito. En vano, comencé a cubrir de manotazos nerviosos el espacio aéreo en torno a mi cama, pero el espantoso y delator zumbido regresaba, indiferente, a toda carga contra mis oídos.
Intenté entonces cubrirme hasta la cabeza con las sábanas, pero la eventual falta de oxigeno acabó con mis expectativas de resistir, oculto, los embates de aquel insecto detestable. Me estaba volviendo loco.
Desistiendo de toda artimaña me levanté de la cama, encendí la luz y tomé de la biblioteca una polvorienta Biblia que despuntaba de entre los demás libros. Si bien mi intención distaba de la evangelización de aquella bestia, mis propósitos perseguían, de alguna manera, un fin que se acercaba considerablemente a mis ideas religiosas. Había en juego el sufrimiento de dos seres: El mosquito por falta de sangre y yo, por la imposibilidad de pegar un ojo. Uno de los dos debía acabar con el martirio del otro.
Luego de cavilar por algunos minutos, una oleada de sentimientos que se alojó en mi pecho me asistió en la difícil decisión y opté, al fin, por terminar con el sufrimiento de aquélla molestia alada. Debía sacrificarlo ya mismo. Dios sería mi testigo.
Me dispuse entonces a recorrer cada intersticio de mi cuarto. Biblia en mano y sábana en hombro (hacía frió) barrí, con mis ojos, centímetro por centímetro la superficie de las cuatro paredes de la habitación, sin hallar más que antiguos cadáveres de viejos sacrificios. Dirigí entonces mis pesquisas hacia el techo, pero nada, al parecer el mosquito se había marchado. Rearmé la cama, guardé la Biblia y volví a acostarme.
La agitación producida por la cacería me había extenuado y no me costó demasiado esfuerzo otorgarle a mi conciencia el permiso necesario para que el sueño se apoderase de ella. Al rato, ya me encontraba fuera de este mundo.
Estaba dentro de la cabina de un auto de formula uno y al mirar por la cúpula pude percatarme de que la carrera estaba a punto de largarse. Luego, comprobé, con cierto orgullo, que sobre el palco de la tribuna, algunos de mis amigos gritaban mi nombre mientras agitaban una bandera que llevaba mi rostro como insignia, rodeada de laureles. Realmente era hermoso aquel estandarte. El semáforo dio luz verde y al pisar a fondo el acelerador de mi auto, no fue precisamente el sonido del motor el que me despertó. El rugido de mi máquina se había convertido en el fastidioso zumbido de un mosquito.
Me desperté sobresaltado y con una ira incontenible observé al bastardo sonreírme mientras revoloteaba por sobre las espesas nubes de mi odio que, en ese momento, cubrían toda la habitación.
Arrancando las sábanas de la cama salí corriendo hacia la cocina en busca del Raid o algún otro veneno. Conseguí para cucarachas. Estaba dispuesto a intoxicarme si eso acababa con mi agonía. Me paré a mitad de mi cuarto con el dedo en el gatillo sobre el vaporizador, listo para rociar directamente sobre los ojos del insecto, pero no pude advertir su vuelo, por lo cual, volví nuevamente a escudriñar las paredes y el techo de mi dormitorio. Estaba a punto de estallar de nervios. Aquel engendro continuaba con su caprichosa invisibilidad.
Mis ojos se habían resecado por el sueño y el cansancio y hasta mis manos evidenciaban una temblorosa ansiedad. En un arranque de locura comencé a rociar el veneno hacia todas las direcciones posibles. Detrás de los muebles, debajo de la cama, dentro del placard, contra la pantalla del televisor y también, sobre las paletas del ventilador de techo. Casi sin poder respirar, evacué mi habitación y con violencia cerré la puerta dejando detrás al vengador vapor.
Puse la pava al fuego y me preparé un té, de esos que calman. Lo bebí hojeando una revista vieja y lo acompañe con un par de galletitas untadas con mermelada de frutillas. Luego, para hacer algo de tiempo, tomé una ducha bien caliente que terminó por relajarme aún más. Ya estaba preparado para retomar mi sueño. Eran las dos y veinte de la mañana.
Volví a mi cuarto. El hedor insoportable del veneno persistía inaguantable dentro de aquel recinto. Encendí el ventilador de techo y me senté nuevamente en la cocina a fumar un cigarrillo. Me sentí complacido por mi superioridad y sonreí convulsivamente pensando en la suerte de aquel miserable animal.
Regresé de nuevo a mi cuarto. La pestilencia del insecticida todavía era perceptible pero no me importó. Me introduje nuevamente en mi lecho. Aquella vez no tuve tiempo de soñar. De alguna misteriosa manera el mosquito había sobrevivido. Me senté al borde de la cama y lloré por largo rato hasta que caí rendido por el sueño.
A la mañana siguiente, mientas me vestía para ir al trabajo, lo vi. Estaba hinchado como un cerdo y hasta parecía relamerse gracias a mi sangre exquisita. Apenas podía sostenerse. Lo maté de una trompada y mi pared se hizo de Ríver. Nunca supe quién había vencido a quien.